sábado, 20 de junio de 2015
YO SOY EL QUE SOY
Cuando Moises se encuentra por vez primera con Dios, le pregunta por su nombre y la Deidad le responde: "Yo soy el que soy". A Jorge Luis Borges le fascinaba este "nombre" de la divinidad. "Yo soy el que soy" es decir el ser de seres, el ser de todo cuando tiene ser, de todo cuánto tiene entidad. Esta forma en que Dios se nombró a si mismo, nos remite directamente a la eternidad. Se supone que la eternidad es la cesación del transcurso espacio/temporal. El "río" del tiempo por fin desagua en el mar del no tiempo, en lo eterno. El tiempo gramatical y existencial de Dios es el presente simple "Yo soy", ontológicamente hablando, este presente simple se corresponde con la eternidad, con el no flujo del tiempo, con un continuo presente, en tanto que el tiempo gramatical y trascendental que nos corresponde a los que estamos inmersos en el devenir del tiempo es el gerundio, nosotros "estamos siendo", sólo Dios "es", nosotros venimos a ser, ya que el tiempo nos modifica a cada instante. En el universo material, todo fluye, todo es modificado por el transcurrir del tiempo, pero allende la actividad cósmica y su resultante mas inmediata; el tiempo, se extiende un "oceano" de no-tiempo. Esta eternidad es infinita, pues por definición lo eterno no acaba nunca. Es en esta eternidad en la que podemos hallar a Dios, según la Biblia El es "El Rey de la Eternidad", no habiendo sido creado una vez, jamás tendrá fin. Los ateos declarados no saben que hacer con conceptos como "eternidad", "infinito", y otros términos que denoten la inexistencia de límites. No podemos concebir el infinito sin remitirnos a la idea de Dios, pues lo infinito abarca todo cuánto nos es dable imaginar, desde el átomo y el microcosmos de partículas subatómicas hasta un poder omnímodo, responsable de todo lo creado, poder este innegablemente inteligente, dado que del mismo emergío un cosmos altamente ordenado, omnipotente, en vistas del universo que creó, y eterno, toda vez que se haya ubicado fuera del tiempo. Este razonamiento difícilmente pueda ser rebatido por ateo alguno, y conlleva inevitablemente la idea de una Deidad todopoderosa. Rechazarla no disminuye Su Divinidad. En todo caso disminuye nuestro cuántum de inteligencia en el sentido amplio de este término.
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